No temas convertirte en un cuento

¿Presentarse?

¿Quién nos enseña a eso?

Sí, de pequeños nos dicen que digamos nuestro nombre, nuestra edad, qué música nos gusta o cuál es nuestro color favorito. Es como una ficha rápida que cualquiera puede rellenar. Y claro, eso funciona… pero, ¿realmente es presentarse?

Decir tu nombre es apenas un 1% de quién eres. Supongo que lo suficiente para empezar, pero no para comprender, no lo suficiente como para poder leer a través de ti, ¿como un cuento quizás?


Los niños, cuando se presentan, a veces no dicen nada de eso. Te dicen que tienen un dinosaurio azul, que les da miedo la oscuridad o que quieren ser astronautas para tocar las estrellas. Y en cierto modo, ¿no es eso conocerse más de verdad? Porque en sus palabras no hay datos… hay mundos.


Si yo tuviera que presentarme, diría que no creo en los cuentos de hadas, que no creo en las mariposas del estómago ni en los superhéroes.

Pero, siendo honesta, quiero creer en todo eso.

Quiero creer que aún puedo volar con la imaginación, que puedo convertirme en algo más que un adulto repitiendo rutinas. Quiero creer que puedo ser como un niño que juega a ser rana y espera que un beso le transforme.


Al final, presentarse no es decir qué eres, sino qué sueñas.

Es mostrar esas contradicciones: decir que no creo en enamorarme, pero que me intriga lo que siento cuando alguien me mira distinto.

Es reconocer que me reprimo a veces, pero también que me muero de ganas de saltar al vacío para descubrir qué hay del otro lado.


Quizás, presentarse sea eso: un acto de infancia disfrazado de adultez.

Porque solo un niño se atreve a decir “quiero volar”, “quiero ser rana”, “quiero ser superhéroe”.

Y porque, en el fondo, ¿quién dijo que crecer era dejar de creer en los cuentos de hadas?


Cuando somos niños, presentarse no necesita lógica. Basta decir que eres un dragón en secreto, que corres más rápido que el viento o que tu mejor amigo es un muñeco de trapo. Y aunque nadie lo confirme en un papel, esa presentación es válida, porque habla de quién eres en tu universo interior.

Crecer nos enseña a tener miedo de presentarnos de verdad. Nos escondemos detrás de lo correcto, de lo formal, de lo que esperan escuchar. Pero presentarse debería ser como abrir una ventana: dejar entrar la luz aunque el cuarto esté desordenado.

Quizás la verdadera presentación sea una contradicción: decir que no creo en nada y, al mismo tiempo, confesar que quiero creerlo todo. Decir que soy valiente pero admitir que me tiemblan las manos. Al fin y al cabo, no somos definiciones perfectas, sino borradores en constante cambio.

O tal vez sea también un juego. Como cuando un niño inventa reglas que cambian a cada minuto, pero nadie duda de que sigue jugando. Yo también quisiera presentarme así: inventando las reglas mientras me descubro.


Así que, si esto es presentarme… no diré mi edad, ni mi nombre, ni mi canción favorita.

Diré que estoy aprendiendo a no temer, que quiero atreverme a conocer, y que me gustaría descubrir si las mariposas que yo provoco también pueden contar su propia historia.

Al fin de al cabo, si esta es nuestra vida, esta es nuestra propia historia, ¿no?

Entonces, no temas convertirte en un cuento.

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